Occidente proclama la lucha contra el terror. Se aumentan los medios y recursos para combatir a aquellos que han jurado venganza. Pero son esas personas, que están dispuestas a inmolarse en medio de la multitud, las primeras víctimas de esta interminable guerra del hombre contra sí mismo.
Actualmente vivimos en un estado de conflicto permanente. Las razones son diversas: religión, separatistmo, autodefensa… ¿Pero qué ocurre cuando la causa principal del odio es un permanente deseo de venganza? La muerte.
Cuando hay una acción violenta contra un sujeto o grupo de personas, solemos hacer la pregunta. ¿Por qué? Siempre hay una razón. ¿Es justificable? No, pero sí comprensible. Cuando alguien pierde a toda su familia en un bombardeo indiscriminado, más le hubiera valido morirse. Al final todo gira en torno a emociones cuasiprimitivas como el instinto de supervivencia a través del egoismo. Cuando uno pierde a toda su familia, y nada le queda. La emoción que lo embarga todo y se superpone a las demás es la venganza.
Después. Sangre y lágrimas. Esa persona no descansará hasta que sus sueños se vean colmados. Ya no le interesa la religión, los textos incitando a la rebelión, o las promesas de una vida mejor. Sólo busca acabar con el agresor que una vez, cuando era niño, hizo que pasara de la niñez a la adultez en un instante. Cada terrorista muerto mediante actos violentos, es una semilla para cien más. Cuando has intentado acabar con la violencia con la fuerza, la misma te estalla en la cara.
La paradoja de combatir la violencia con la paz. Imponer la paz, con palabras, no con balas. Cuando la solución es una escuela, tres comidas diarias y un techo.
Que ciegos estamos y qué hipócritas cuando ante una injusticia permanecemos neutrales. La culpa es del que mata, la responsabilidad del que ha provocado que mate.
Acciones militares ofensivas con la excusa de acabar con el terrorismo se suceden a diario. Se comienzan guerras y se destruye cualquier atisbo de libertad. Ante todo eso ¿qué les queda?. Tan sólo una bomba y su fe. No una fe en Dios, sino una fe ciega en que el opresor pagará lo que ha hecho. Los perdedores, todos.
Cuando pensamos que las guerras no nos incumben. Cuando pensamos que estamos por encima de todos esos países reventados. En todos esos casos, estamos faltando a nuestra propia moral de paz y fraternidad de la que tanto presumimos.
Occidente, durante muchos años, ha sembrado por todo el mundo semillas de terrorismo. Cuando fuimos a sus países a explotar sus recursos, cuando permanecemos impasibles ante injusticias, cuando priorizamos el dinero a la vida humana, cuando protegemos a los genocidas por interés. ¿Realmente pensábamos que íbamos a salir impunes?
Quizá no seamos tan diferentes, quizá sea una cuestión de azar. Tal vez, la mayoría de la población de los países desarrollados no dudaría en alzarse en armas ante un dictador asesino que ha matado a todos los suyos. Con una pistola en la mano, y el asesino de tus padres y hermanos enfrente de tí, arrodillado y suplicando por su vida. ¿Cuánta gente creeis que no dispararía? Es posible que ese asesino estuviera muerto mucho antes en los países occidentales que en los demás.
La desproporción con la que actuamos es tal, que harían falta millones de atentados para “compensar” tantas muertes que a lo largo de los años hemos provocado.
Siento un desprecio tan profundo hacia nuestra sociedad y sus falsos valores de mierda, revelados como la cúspide de la moral humana, que muchas veces deseo que el mundo se acabe.
En este mundo de mierda, en esta sociedad enferma, somos un virus tan letal que acabaremos con nosotros mismos.
Ojalá llegue el día en que se apague el sol, y con él, toda la putrefacta existencia humana que nunca debió nacer.
“Homo homini lupus” Plauto










